Lo admito, me encanta soñar, imaginarme vidas con extraños y demás cosas. Por ende, estoy demasiado acostumbrada a pensar en el amor como esa cosa redonda y perfecta, como una de esas bolitas de gel que crecen con el agua, simplemente perfecta en su totalidad.
Y no voy a negar que si me siento a buscar películas puedo ver ese amor en cada una, sin problema encuentro ejemplos de todo lo que podría querer, incluso si eso se aleja del típico sueño de princesa que Disney vendió y vende desde hace tanto.
Pero a veces los mejores ejemplos de lo que uno podría querer los encontramos en la vida real, al punto de acostumbrarnos a tenerlos y verlos, y nos olvidamos de lo valiosos y especiales que son de por sí. No voy a hablar de mis viejos, aunque ame su tipo de amor, y perciba sus momentos de quiebre y de discontinuidad, que se resuelven con un buen chiste.
Hoy le quiero dedicar una página a todas y cada una de esas parejitas que me sorprendieron en esta vida, y tengo que admitir que no son pocas. Conozco el verso de que el amor no tiene edades, pero sin embargo me parece tan loco que mientras yo vivo mi juventud de una manera feliz y solitaria, otros la comparten con personas que tienen su misma edad, menos o más, pero que las hacen felices y a las que aman. La mayoría de ellas fueron realmente sorprendentes: esas personas que uno piensa que van a ser solteros de por vida, o como mínimo hasta los 30, esos otros que parecen demasiado insoportables como para que alguien los banque todos los días, los gatos, las putas, y demás personajes que uno simplemente espera que se pongan en pareja mucho después que uno, y te terminan sorprendiendo.
Por eso, los quiero felicitar. Primero, por ir en contra de las expectativas que personas como yo teníamos de ustedes, aún sin buscarlo les aseguro que nos cerraron la boca. Segundo, por a pesar de que muchos todavía están, como tantos otros, en la etapa de buscarse a ustedes mismos, de entenderse y de aprender a crecer; a pesar de todo eso ustedes eligen día a día compartir un camino de crecimiento compartido, de esperanzas y futuros que esperan vivir juntos, por negociar, ceder, y pelear, por cada discusión seguida de cada reconciliación. Tercero, por amar, sin ir más allá y sin importar nada, es una de las acciones que más nos cuesta hacer, es algo que todos tememos y que pocos consiguen, y ustedes son un ejemplo de ello. Cuarto, por compartir los momentos malos, los días de malhumor, las tardes aburridas, las rutinas monótonas, los rituales bobos, la historias repetidas, por todo eso que no podemos adivinar del otro hasta que convivimos con ello, hasta que pasa, y ahí está.
Seguro hay muchas razones más para felicitarlos, y seguro no les importa que alguien los felicite, y esa es la mejor parte. Muchas veces las personas hacemos cosas buscando algo, gloria, fama, dinero, pero el amor real es más complejo que eso y no nos garantiza ninguna de las tres, incluso si nos termina dando alguna de ellas. Y a pesar de no ganar nada de lo que compone el ideal de progreso típico, ese que nos enseñan a perseguir, ustedes siguen amando con paciencia y fuerza. Por el hecho de ver feliz al otro. Gracias por ser reales, y no un sueño en mi cabeza, gracias por mostrarme que podría encontrar a alguien que me quiera, no como ustedes se quieren, sino de una forma nueva, una que solamente él y yo podamos entender porque nunca antes se vio y nunca más se volverá a ver, porque sería nuestra: un hermoso producto de nuestras vidas yendo por un mismo camino, en un tramo y lugar determinados, sin más agregados que eso.
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