Un cóctel seguro que puede definirse como una mezcla de ingredientes, con alcohol por supuesto. Pero yo no vengo a hablar de tragos.
Hoy quiero hablar de lo que se siente, lo que se siente cada vez que los ingredientes de la vida, de las personas, o las personas mismas se mezclan. Y ahí es donde todo de repente tiene un sentido.
Alguna vez leí sobre los encuentros, qué mierda significan, porque nos pueden hacer tanto. En la vida todos tenemos encuentros, y son todos tan diferentes, a muchos preferimos dejarlos ser, otros los evitamos (sin saber que evitándolos sólo los propensamos más, o los hacemos eternos en nuestra mente), a otros los planeamos, los llenamos hasta el tope de expectativas que sólo el tiempo nos dice si llegan a algo o no.
Mis pasos ultimamente, en este año eterno de la tortuga, van rápido, corren a velocidades que no podría haber sospechado, y, por suerte, están plagados de encuentros. Ay que lindos son, esos donde se respira un aire compartido, tan único cada vez, algunos aires tienen humo de cigarros impregnado, otros olor a pizzas, algunos más suertudos a comida casera, y así van.
De a momentos tenemos 3 años, de a momentos somos vagos, otras veces nos ponemos las pilas. A veces nos conocemos bien, de trasnochadas largas y mañanas ocupadas, otras simplemente estamos ahí mirándonos de frente, queriéndonos conocer y ver como somos, saber más, esperar que las cosas salgan cuando tengan que salir.
Pero todos tienen algo en común, un eje que los coordina y que me fascina: el momento exacto donde estás saliendo de uno, cuando agarraste la campera, cuando saludaste a todos, cerraste la puerta, y estás caminando, tomando un taxi, o a punto de acostarte en la cama muerta de sueño. Ahí todos me dejan la misma sensación, una jodida, una de esas que no se sienten todos los dias aunque ojala, una que es mucho más que los temas de los que hablamos, que la música que escuchamos, que los chistes y el sarcasmo, que las risas o las lágrimas compartidas, que las birras, que la comida, que el día, que la noche, que la casa, que los platos sucios, que los ruidos, que los puchos si los hubo; es más que eso, y es todo eso a la vez, es el famoso todo que es mucho mucho más que la suma de las partes.
Creo que lo más hermoso, intrigante, y a veces desconsolador de esa sensación que se repite y se transforma cada vez, es que no la podemos repetir. Nunca fue igual, siempre estuvo ahí pero sin ser lo mismo.
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