26 de junio de 2016

Cajones

Cuando arranque a escribir esto, era una historia. Hoy creo que más que una historia es una forma de saber, una forma de expandir la cabeza y dejar ser, y entender que suponer siempre puede llevarnos a rincones oscuros. Ojo, sigo siendo la reina de los prejuicios, pero sé en el fondo de mi ser que donde estamos sesgados, en ese nuestro punto muerto, se esconde a veces lo mejor de lo mejor.
Ahí deben estar las cosas más profundas que podemos llegar a pensar, los sentimientos más fuertes que podamos tener y las aventuras más mágicas que podemos vivir. Nada de eso llega.
Pero siempre existe una forma, y para mi esa forma la dan otros ojos, la dan todas las otras miradas que están sobre nosotros, que como no tienen los mismos miedos que nosotros, ven mucho más allá. Y la clave está en que dos por tres un par de ojos nos van a mirar de una forma única y van a ir despertando a esas cosas que no sabemos que tenemos, que somo sin ser, que sabemos sin saber, todo eso.
Y ese día las ventanas del alma se van a ir abriendo, y va a entrar aire, y vamos a hacer una fiesta, y nos vamos a dormir abrazados a la dicha del festejo, del derroche y del amor. Y ese día esperemos que llegue, porque bien sabemos que es muy ingenuo pensarlo como inminente, y es demasiado escéptico pensarlo como imposible. Simplemente me queda desearle a todos que alguna vez, un amigo, un amor, o un amarillo de sus vidas, les despierte a los muertos que tienen en el cajón.
Espero saber reconcer cuando me pasé, si es que pasa, y espero ser la llave que abra las puertas de muchos cajones.

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