Sosegar. Verbos locos si los hay, creo que jamás lo termine de entender hasta ahora, y es que desde ese 10 de marzo loco de las noches, los amigos, las charlas y las calles de esa ciudad que me genera tantas contradicciones, desde ahí vivo sosegada. No puedo evitarlo, nada me choca, nada me afecta, nada me desequilibra. Y estoy empezando a entender porque es lindo este estado de vivir, de ser.
Pasaron cosas, marzo remontó, entendí un poco de todo lo que paso, y lo demás lo voy calando de a sorbitos, con paciencia y bastante paz.
Redescubrí a las personas que amo en personas que son mucho más de sí mismos, y en mi opinión, una mejor versión de ellos mismos, la original. Capaz que el alma se tiene que sacar a tomar aire cuando uno es joven, y por eso las vemos tan transparentes y tan sueltas, por eso se camina sin peso y se respira ligero. También por eso me cuesta entender el dolor ajeno, ese que siempre comprendí bien, también por eso me helaste la sangre diciéndome que no me gustaba ese papel; y no, no me gusta para nada porque me lleva de nuevo a la superficie de todo, cuando cada día me enamoro más de lo profundo de la vida.
Se corren riesgos, la apatía me pisa los talones y mi suerte quizás ya no acompañe tanto como antes, aunque no sé si soy quien para decirlo. Corro riesgo de dejar mucho atrás y no sentir pena en absoluto, corro riesgo de vivir deslumbrada por lo que es nuevo y brillante y olvidarme de lo viejo y conocido.
Pero a su vez, de vez en cuando me toca volver a ese mundo viejo y lo encuentro igual y diferente, y me hace reír, y me demuestra que sigue ahí, tan sentado como yo lo suponía.
Por eso, en el espíritu de que de a poco a todos nos chupa un huevo todo, pero no nos olvidamos así como así, y en esa cosa de vivir los días de a uno que de repente parece que se me da bien, en esa ola respiro y abro las ventanas del alma, dejó que los demás vean los trapos sucios colgados al sol, que entiendan de a poco, y tomo todo con un poco más de calma.
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