3 de diciembre de 2015

Finales imperfectos

Las decepciones duelen, hacen pelota, porque nos obligan a cambiar los planes que teníamos. No sé porque será que las personas nos la pasamos soñando con finales perfectos, si sabemos que nunca son así, pero nos encanta.
Y arrancamos el libro esperando que todos terminen vivos, y miramos la novela soñando con que la protagonista se chape al bombón, y esperamos a cada segundo que las cosas mejoren. ¿Basados en qué? Si en la vida cada vez que algo malo pasa suelen seguirle cosas más malas. 
Estamos más que calados por las lluvias inesperadas, los errores boludos, las certezas que ignoramos hasta que alguien viene y nos pega una cachetada en la cara. Sabemos que es así. 
Pero no, en la fantasía encontramos eso que nos falta en vida, en las cosas que nadie nos dijo, que nos son ajenas, que nos son lejanas, que nos permiten escapar. Odio escapar, y vivo haciéndolo. No, no es cierto, amo escapar, me encanta dejarme ir en todo lo que sé que no puede pasar, en las ideas más locas y rebuscadas. Odio volver. 
Volver es bajarse de la calesita, es dejar de girar, es ponerlo todo en perspectiva, es armar lo que podemos con lo que tenemos. Es no decir "¿Y sí?". Porque ya lo sabemos, todos podríamos serlo todo, absolutamente todo si tuviéramos aquello o esto, si hubiéramos estado cuando esto pasó, si las situaciones salieran de nuestra cabeza seríamos los superheroes de nuestros cuentos sin duda. Pero no pasa.
Todos tenemos algo de algo, algo de lo que nos enorgullecemos, algo que escondemos, algo que desearíamos poder esconder, algo que cambiaríamos pero no lo hacemos, algo que cambiamos y muchas cosas más. Porque estamos llenos de cosas, llenos de otras personas, llenos de vidas que nos traspasan a cada instante, que nos duelen o que nos despiertan. 
Hoy brindo desde acá por esos finales que nos avispan, porque como alguien que admiro dijo: 
"Decía que los puntos finales facilitan la vida a la gente. Los puntos aparte y los suspensivos incrementan la inteligencia." Albert Espinosa.
Por eso, gracias a esos finales que nos matan y nos obligan a resucitarnos, que nos hacen seguir forzándonos a parar, y a recomenzar. 

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