No sé bien por qué nunca me salió escribirte, costumbre mía supongo, de dejar un espacio entre lo que me pasa y lo que plasmo.
Siempre buscando un cierre, dejar las palabras para después de las vueltas de rosca, para cuando todo tenga sentido.
Pero no todo tiene sentido, nada en realidad. Y hay que acostumbrarse a no cerrar las historias. Yo no voy a hablar de "lo que somos" o lo que no somos, somos personas, con eso alcanza.
Pero si te voy a agradecer eternamente por lo mejor que me diste: una complicidad atroz. Y es que no me acuerdo de haber estado en ninguna situación con vos sin que nos miremos y entendamos, o sepamos que hay algo ahí por entender, una historia por contar, un comentario por hacer. Siempre están ahí tus ojos, diciendome que hay algo más. Y eso lo valoro siempre, porque es loco y no es fácil, porque no es menor.
Me cuesta no pedirte promesas, o boludeces típicas, pero lo evito porque no tiene sentido pedirte algo que no podés darme. Igual a lo más importante ya lo prometimos: ser islas sinceras para el otro, siempre.
Te deseo todo lo que vos quieras alcanzar, y te repito esas palabras que me quedaron como lo mejor que podemos desearle al otro: "Ojalá que existas ahí donde tu navegar sea posible". No importa que quieras, ni donde este eso, suerte cuando lo consigas.
Gracias por todo, los códigos compartidos, por meterte en mi mundo y dejar siempre las puertas abiertas del tuyo. Sé que en algún momento nos esperan más charlas de balcón y birra, más noches de flashar pasteles y ser infinitos.
Amate negro, a vos y a tu caos, tus mambos y tu todo, porque vales y me has demostrado que nunca estás tan perdido como pareces.
No hay comentarios:
Publicar un comentario