27 de julio de 2016

La historia que más me cuesta terminar

Sos la solapa que no cierra, todo lo que me gustaría que se quede acá y sin embargo se va, se aleja, por tu irrealidad pago el precio de los sueños,  de los platos vacíos, de las no-tazas de tés, de las no- (inserte cualquiera de las cosas que hacen a una pareja feliz).
Fin. La soledad no me amedrenta en el día a día, no me altera, todo lo contrario, pero sin embargo siempre está la espina.
-¿Siempre estamos buscando? ¿Vos decís?
- Sip, siempre.
Y estamos, siempre estamos. Buscamos aquello que nos de paz, que nos cargue, que nos deje ser y que dejemos ser, y eso no existe.
Y es tan cruel el hecho que eso n exista, de que todo lo que podemos esperar del otro siempre sea una banda, y arranquemos la relación con dos enormes mochilas en la espalda, que no nos dejan hacer las excursiones más jodidas, que no nos dejan pasear en paz, y una vez que pensamos que ya podemos soltar la mochila, es tarde. Es de noche, hace frío y dormir en la misma cama parece una broma, hay un alquiler, un trabajo, familias que intervienen, muebles compartidos, capaz hasta un perro.
Hay todo, y sentís nada: tanto tiempo esperando confiar para soltar que por no confiar antes ahora tenes ganas de agarrar todo, cargarte la mochila al hombro y salir a buscar una casa amiga a las 3 am de un miércoles.
Y salis, o no, pero buscás una chispa, una cosa que ayude a que todo no se pierda, a que se pueda mantener algo que ya cayó, que ya se cagó, y no hay, y siempre buscas.
Buscando llegaste.
Buscando te quedaste.
Buscando te fuiste.

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