Hace días que vivo con la impresión de que tengo mucho que decir, y justo ahora que sería el momento, nada de eso me sale. No se, volver a casa, a la primera, a la que nos conoce, es raro.
Hay un hecho, vivir lejos me encanta, me encanta estar donde estoy siempre y siendo lejana soy feliz, pero también me gusta la cercanía, la convivencia, la ayuda, el costado dulce de que siempre haya alguien con quien tomarse un té o cortar verduras. Todo tiene lo suyo, ¿no?
Pero hay otra fuerte razón por la que estar lejos me encanta, y es porque es mucho mas simple mentirse a uno mismo que a los demás. Es tanto más fácil vivir cada día como si te las supieras todas, como si incluso entendieras una de todas las cosas que haces, que decis, que pensas. Pero en algún punto no, no entendes nada.
Y la prueba de realidad de otros que te han visto crecer es la más imposible, porque con una mirada todo queda claro, no te quedan pretensiones ni deseos, sino memorias y humildades. Es lo más parecido a bajar a tierra.
Cuando te gusta vivir en los aires, siempre corres un mismo riesgo, y es el de salir volando como un globo lleno de aire frio, que va solito a una deriva esperada, soñada, imaginada como la mejor meta.
Cuesta, pero a veces es bueno volver a ver a los cables a tierra, a esos que conocen tus sueños y saben cuando es momento de bajar las esperanzas, o de apagar los motores por un rato y dejarse flotar. No siempre las anclas nos detienen de avanzar, muchas otras veces solamente nos alejan de los filosos bordes de muchas piedras que solemos elegir, sin saber bien porque.
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