La plata. Mi ciudad de las nubes, mi ciudad de los aviones. A veces, simplemente mi ciudad. Cuando todo lo esplendoroso se apaga con el sol, ella, oscura y suburbiosa, sigue brillando con luz propia.
El barrio, desde el taller de enfrente, hasta el chino de la otra cuadra, el telo de acá a la vuelta y pasando por las cosas que ningún otro barrio tiene, como el chajá del patio aquel.
Una rutina que me enamora cada nochecita, en ese tramo de la jornada donde hay muy poca luz como para decir que es de día, y muy poca oscuridad como para decir que es de noche. Y acá estoy, yo que siempre odié las horas tibias, amando una de ellas.
Tu majestuosidad se disfraza de cotidiana y notarte es cosa de foráneos, de ocupas que nos caminamos tus calles como propias, que lloramos tus lágrimas y reímos tus noches con amigos, que te quitamos espacio pero te aportamos vida, oxígeno mental y un par de ojos que expanden su mirada a cada segundo, que te mantienen joven.
Y pensar que tus famosas diagonales son sólo una de más tus maravillas. Y vos, la más grande de todas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario