8 de septiembre de 2015

Rutinas

Como suele suceder, llegó esa hora híbrida en mi vida que siempre está entre las 6 de la tarde y las 9 y media de la noche, es la hora que mi cerebro se rindió hace rato y ya no quiere pensar, que mi cabeza vuela y me dedico a mirar al mundo desde una cama, a veces con un libro al costado, otras con la compu sobre las piernas.
Siempre tuve la inmensa duda de si la inconstancia pesa más que las buenas historias o si solamente estamos un poco perdidos. Lo que si sé es que cada tanto nos encontramos y es genial. Nada es más valorable que encontrarse con gente que va en nuestro camino, incluso si van en direcciones tan opuestas que nos asusta o nos enoja. La cosa es que pasó mis tardes comiendo tostadas, haciendo planes imaginarios para cenas que no planeo cocinar. Y a eso de las 10 de la noche, me dedico a mirar curiosamente los estantes de la bajomesada, comprobando que no hay nada nuevo, que hay un poco menos que antes, y termino por agarrar algún alimento x, que siempre es seco, y que varía entre las harinas y los químicos, pero que seguro no me alimenta en absoluto. Una cena ligera, un tecito mientras hago fuerza para empezar a leer un texto que siempre parece tan aburrido hasta que le agarras la mano, y a veces incluso así sigue siéndolo.
Rutinas si las hay, rutinas que no son iguales nunca, que no merecen el nombre de rutina porque no parecen alcanzar para monotonizar la vida de nadie, pero alcanzan, sobre todo si el frío te sorprende en una noche de primavera y no tenes ganas de moverte, y la hoja en blanco te mira. Pero le decís que no, hoy le toca a la entrada virtual, sólo otra forma más de exponernos hasta salir lastimados, pero virtualmente, asique no cuenta ¿O sí?

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