Me siento en la cama y miro como la vida pasó, como todo eso que parecía una gran empresa, una de esas cosas inalcanzables, de repente pasa, están pasando, pasaron.
Ya no queda tiempo en nuestros relojes de arena, no podemos contar los pasos hacia atrás antes de arrancar a correr... sólo porque estemos corriendo no implica que sepamos lo que hacemos o adonde vamos, porque es más fácil perderse haciendo que mirando hacer.
El peso de algún planeta se aloja en nosotros, que buscamos nuestra Ítaca, que somos simples marcas en un papel viejo que no rejuvenece, que no vuelve, solo muta en nuestras mentes. Y entonces llegamos aunque sea solo por un momento, por un segundo nos vemos en esa tierra que siempre soñamos, libres de los dolores que nos llenan los pulmones en la primer bocanada que tomamos al salir a la calle. Y no nos importa una mierda si el lugar que soñamos tiene cosas no soñadas porque creemos que no hay nada que mirar más allá, no soportamos que alguien se meta con nuestra preciosa Ítaca. Nos pertenece y la celamos, o la compartimos ahogando en silencio nuestro deseo de que nadie más pueda anclar en sus costas, porque es más inmensa que cualquier mortal, más que nosotros mismos, lo sabemos, pro sin embargo los años soñandola nos hacen merecedores de su belleza, de su fealdad, de cada piedra y cada ola que surque su superficie, porque vamos más allá de todo. La revolución es del revolucionario, y sólo de él. Tememos perder estos mundos, porque nos encierran en su totalidad, porque nos llevan lejos de las críticas, porque escapan de nuestras propias dudas y cuestionamientos, porque son más que nada.
¿Estará la clave en entendernos a nosotros como un mundo singular? Un estanque más en el Bosque Entre los Mundos, ese lugar donde me dejó ir de vez en vez.
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