16 de junio de 2015

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Las decepciones duelen más que ninguna otra cosa en el vida, por ende la fórmula de la felicidad cierra cuando no esperamos nada de nadie. O por lo menos el sentido común es el que nos dice que las cosas que hacemos cuando esperamos algo de los otros, usualmente terminan mal.
Sinceramente no suelo ponerme muchas metas, es algo que intento corregir de mi misma constantemente, trato con todas las fuerzas de saber vivir sin grandes planes, de apreciar el valor de lo que se tiene hoy, de no sentarme a envidiar, o de no tratar de compararme con otros. En el fondo lo que todas las personas hacen todo el tiempo es intentar aceptarse a si mismos.
Sin embargo, por algo es que todos seguimos intentando a lo largo de toda nuestra vida. Sabemos que cambiamos todo el tiempo y que no podemos encerrarnos en una linda búrbuja que nos haga escapar de lo que los otros quieren de nosotros.
La debilidad de todo grupo es que está compuesto de humanos. Por más cruel que suene es real, porque el ser humanos nos hace conflictivos, nos hace complicados, nos hace no saber lo que queremos. nos hace distintos. Y eso es nuestra suerte y nuestra condena también.
Admito que si hoy pudiese tomarme un recreito del mundo, alejarme un poco de todo, muy posiblemente lo haría.
Y también me da miedo confiarle mi suerte a un destino incierto, por lo que la historia suele terminar conmigo en el medio de un quilombo que no era tan colosal hasta que me metí, sin una solución, y con mi angustia. Sé que quiero cambiar eso, el gran problema es que realmente no se cómo.

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