Todas las personas, desde siempre creo yo, tenemos referentes. Son esas personas que elegimos como modelos a seguir por alguna cosa que nos gusta de ellas, porque nos parece que hacer las cosas mejor que nosotros, que son más sabias, o más de lo que sea que nosotros queremos ser.
Vivimos en un mundo que está más conectado a cada segundo, más de esto, de aquello, más chances de salir del cubo de lo que conocemos, menos límites para el tiempo y el espacio, que tanto marcan nuestra existencia.
El punto es que los referentes son armas de doble filo, son esas personas que con una palabra nos crean y destruyen, porque su opinión es mucho más fuerte que la que tenemos de nosotros mismos, porque lo que piensen nos importa y nos define de alguna forma que a veces ni siquiera sabemos poner en palabras.
Tengo muchos referentes, quiero creer que la mayoría de ellos son de carne y hueso, se equivocan, se lastiman, sufren y también son felices. Sin embargo, esa cara que sabemos que está no es la que queremos ver. Y como pasa con los padres, uno a veces busca diferenciarse de ellos, mostrar que se puede ser diferente, que las cosas no se repiten, que no nos definen cuando en realidad si lo hacen.
Las cartas sobre la mesa: todos nos construimos a nosotros mismos en base a esos otros, pero no a esos que nos burlan y nos chupa un huevo, no, en base a esos que nos importan, que con una sola mirada de aprobación hacen que reivindiquemos nuestros principios y que estemos seguros de que vamos bien.
Si, estoy dando vueltas sobre lo mismo, pero es que creo que lentamente tomo un poco de conciencia de mis referentes, esas personas a las que quiero parecerme, que guian mi conducta. Me da miedo no llegar a ser como ellas, me da más miedo ser algo nuevo, ser yo, una mezcla de esas cualidades de una y de otra que me encantan y me marcan límites también.
Creo que es algo que a todos nos asusta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario