Me levantó de
golpe, me rodea el silencio. Y tu voz no está, no está al lado mío,
tampoco en la cocina o en el balcón. Inspiró fuerte tratando de
encontrar ese olor a cigarrillo que había cuando te quedabas, pero
el aire está puro, y por la ventana que me olvide de cerrar entra
olor a lluvia.
No sentí cuando
empezó a llover, se podría haber llenado de agua el piso y no me
habría dado cuenta. Vos eras el que cerraba la ventana, apagaba la
luz, y sólo después de ese ritual tan doméstico y cotidiano, te
acostabas al lado mío, y me abrazabas.
Yo siempre me olvido
de algo, la memoria nunca fue mi fuerte, el orden tampoco.
Quiero café, pero
no quiero levantarme a hacerlo. Irónico es pensar que un
monoambiente me iba a parecer enorme alguna vez. ¿Quién diría? Me
acuerdo cuando me decías que vivía en un cuadrado, y yo sintiendo
que ahora vivo en una cancha de fútbol.
Erámos un juego de
encastres, corazón, me acabo de dar cuenta. Y nunca encajamos del
todo. Y hoy soy pedazos de vos y de mí. Y aunque no hablemos, sé
que sos pedazos también. Pequeños pedazos que solían juntarse y
trataban de formar algo, bueno, o malo, o como fuera. Recortes de un
nene de primaria, abandonados al fondo de la mochila, peleándonos
entre nosotros para hacer una forma geométrica, una que le guste a
la maestra.
Pero nunca supimos
pintar dentro de las líneas. Y hoy camino sola pensando por qué
ironía de la vida me siento como un triángulo siguiendo los rastros
de un rombo que tenía mucho más de cuatro lados, y no tenía café
en la alacena.
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