1 de octubre de 2014

Pedazos marginales de un futuro incierto

Me levantó de golpe, me rodea el silencio. Y tu voz no está, no está al lado mío, tampoco en la cocina o en el balcón. Inspiró fuerte tratando de encontrar ese olor a cigarrillo que había cuando te quedabas, pero el aire está puro, y por la ventana que me olvide de cerrar entra olor a lluvia.
No sentí cuando empezó a llover, se podría haber llenado de agua el piso y no me habría dado cuenta. Vos eras el que cerraba la ventana, apagaba la luz, y sólo después de ese ritual tan doméstico y cotidiano, te acostabas al lado mío, y me abrazabas.
Yo siempre me olvido de algo, la memoria nunca fue mi fuerte, el orden tampoco.
Quiero café, pero no quiero levantarme a hacerlo. Irónico es pensar que un monoambiente me iba a parecer enorme alguna vez. ¿Quién diría? Me acuerdo cuando me decías que vivía en un cuadrado, y yo sintiendo que ahora vivo en una cancha de fútbol.
Erámos un juego de encastres, corazón, me acabo de dar cuenta. Y nunca encajamos del todo. Y hoy soy pedazos de vos y de mí. Y aunque no hablemos, sé que sos pedazos también. Pequeños pedazos que solían juntarse y trataban de formar algo, bueno, o malo, o como fuera. Recortes de un nene de primaria, abandonados al fondo de la mochila, peleándonos entre nosotros para hacer una forma geométrica, una que le guste a la maestra.

Pero nunca supimos pintar dentro de las líneas. Y hoy camino sola pensando por qué ironía de la vida me siento como un triángulo siguiendo los rastros de un rombo que tenía mucho más de cuatro lados, y no tenía café en la alacena.

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