3 de julio de 2017

Casas

Las casas tienen corazones propios, tienen pulso cardíaco, escuchan y sienten como las personas que las habitan, y definen sus silencios y rutinas. A veces es un reloj en el medio de del living, o en la mesita de luz, otras es una estufa o heladera que hace ruidos de a ratos, que marca y busca llenar un vacío pero a su vez es cómplice del mismo.
Nunca sabes que es hasta la primera vez que te despertas un domingo más temprano, y en vez de prender todo y ponerle play al día, te hundís en su modorra y te dejas conquistar por tu casa.
Es el ruido a tarde de feriado, a los vecinos saliendo, entrando, limpiando, cantando y moviéndose por todo el enorme esqueleto que es tu edificio. Y no sabés, no entendes ni buscas explicación para todos los sonidos de tu casa, porque sería como calcular los latidos de alguien que amas, y buscar en eso la razón de porque se aman.
No tiene lógica, sino compases, y la verdadera magia empieza cuando te dejas perder en ellos.

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