10 de noviembre de 2015

Disparar

Tengo el arma cargada desde hace mucho. Mucho más de lo que incluso recuerdo, porque todos traemos cargas que no son nuestras. La tengo ahí, y me costó mucho encontrar la fuerza necesaria para dispararla, me tomó una vida, me tomó mi vida.
Y de repente un día cada mínima partícula de fuerza que me quedaba adentro se liberó, y como si pudiera ver una imagen mucho más completa de todo, me sentí en condiciones de aceptar mucho, de reconciliarme con cosas que llevaba adentro. Lo sigo haciendo, porque como todo camino no es simple, pero es caminable, es variable, es inmenso y es pequeño.
Por todo eso, un día empecé a disparar. De golpe todo el miedo contenido, todo ese temor de lastimar al otro se borró, se borró de mí, de todo lo que conocía. Y descubrí algo que estuvo ahí siempre, pero que yo había dejado pasar.
Descubrí ese costado hostil de todos, de la vida. Y tomé como punto de partida el hecho de no dejar que nadie más parezca, ante mis ojos, carente del poder que se necesita para lastimar, porque todos tenemos un arma adentro y a veces la hacemos explotar. La única diferencia es contra quién.
Yo disparo, a quemarropa y sin un solo remordimiento, cual agente entrenado para matar sin mirar a quien. Voy a hacer que cualquiera caiga, no voy a luchar contra mí.
Es un buen momento para irse, porque las cosas no van a ponerse mejor a partir de ahora, todos lo sabemos. Puedo predecir que no voy a volver más calmada o más dócil. Incluso, siento que solamente estoy comenzando a disparar. Tengo la sensación de que sé exactamente como hacerlo, donde duele, y que la diferencia entre una bala en la pierna o en el corazón la manejo yo. O lo que esté detrás de mí, no me interesa que sea.
Siento que sé adonde voy, y que soy un puercoespín hoy más que nunca. Insisto, es el momento ideal para correrse a un costado, porque mis púas van a aumentar y a elegir cada día más.
No me interesa tener garantías, tengo las que necesito.

No hay comentarios:

Publicar un comentario