A veces parece que el mundo dentro de mi cabeza no fuera capaz que sintonizarse con el de afuera, con el mundo real de las cosas que pasan. Todos tenemos un mundo propio, al que solo nosotros tenemos acceso, ese donde vemos reflejadas todas las cosas que pasan por nuestra cabeza, las reales, las que imaginamos, todas, en ese mundo es donde encontramos otro tipo de profundidad.
Es que en esos momentos donde no le damos pelota a nadie más, donde nos quedamos mirando un punto fijo como si estuviéramos en otro lado, es cierto que estamos en otro lado, y esa abstracción a veces nos juega a favor, y otras en contra.
Es que cuando pasamos mucho tiempo yéndonos a ese lugar, la realidad se nos escapa de las manos, y parece que todo lo que hace un segundo era real, esas ideas, esos pensamientos y la forma en que los vivimos, de repente no son nada, no sirven. Y es que algunas personas estamos hechas para crear castillos en el aire, monumentos inútiles y poco prácticos, que sólo sirven para mantener a las ilusiones vivas.
Lo feo de crear castillos, es que las caídas son de una altura mayor con cada uno que hacemos. No hay nada más difícil que quedarse parado en la cima, todos sabemos que tarde o temprano nos vamos a caer, pero a pesar de eso lo hacemos, seguimos tratando de buscar esa utopía, que nos parece hermosa y alcanzable, pero no lo es.
Las escaleras para llegar a la luna ya pasaron de moda, y en este mundo del siglo XXI, solamente los románticos bastante incurables seguimos soñando con ganas, mientras que vemos como los demás nos simplifican la vida, nos tiran con dosis de sentido común y lógica.
Siempre creí que la vida del que no sueña es más fácil, tiene que serlo, no lo decepcionan, no se ilusiona, no tiene miedos. Pero sé que en algún punto somos los soñadores los que vamos a cambiar este mundo.
La clave está en no perdernos para siempre en las nubes de lo fantástico.
No hay comentarios:
Publicar un comentario